Una puerta de madera arqueada en un muro de piedra, con campanillas rosas trepando por un lado.
Vuelve a mirar 001

Tres huellas de zorro

Llevo tiempo construyendo una puerta a otro mundo. Un mundo que soñé para mi hijo y que, como no existía, me he tenido que inventar. La puerta a veces aparece entreabierta, y algunos dicen que por ahí entra y sale un zorro pequeño.

La he construido, aunque todavía no la he abierto del todo. No por falta de ganas: por exceso de planos.

Hace mucho que pienso en un cuaderno. Un registro de todo lo que vivimos y aprendemos — lo más importante del mundo. He buscado el papel exacto. El lápiz exacto — uno triangular, de doce centímetros, o lo que es lo mismo, tres huellas de zorro — y que resulta que casi nadie fabrica, cosa que solo descubres cuando llevas meses buscándolo.

Y mientras hacía todo eso, mi hijo cumplía años.

Esta semana ha empezado el otoño.

Fablet no empezó como una idea de producto. Empezó una tarde cualquiera, mirándole dibujar en la mesa de la cocina, cuando me di cuenta de que aquello no se iba a repetir. Que estaba pasando algo enorme sin avisar, y que si no me paraba a mirarlo se iría como se van esas tardes.

Así que me puse a construir una herramienta para no perdérmelo.

Y me lo estaba perdiendo.

Cerré el archivo, dejé las ilustraciones como estaban, y me senté en el suelo, junto a él. «¿Hacemos una cabaña?», me preguntó. Y la hicimos: cuatro sillas, una manta en el suelo y otra en el techo, sujeta con pinzas de la ropa a los respaldos. Metimos dentro todos los cojines y todos los peluches que pudimos — entre ellos Aneu, nuestro zorro favorito —, algunos cuentos, unos coches y unos palitos de pan como única subsistencia, y una lámpara de camping de esas que con un clic se pone roja. Y por último nosotros, acomodándonos como pudimos, entramos, cerramos la puerta — la manta — y nos quedamos ahí.

No fue nada extraordinario. Ese es justo el asunto.

Así que esto no va a ser el diario de cómo se fabrica un cuaderno. Va a ser otra cosa: cosas pequeñas que puedes hacer hoy. Sin esperar a terminar nada. La de esta semana es la que hice yo: sentarme, y escuchar con ilusión su idea.

Que no se os acabe la semana sin mirar juntos una cosa. Una sola, y que la elija él.

No hace falta que sea bonita. Una hoja que ha cambiado de color esta semana. Un bicho que habéis visto cien veces. Unas huellas que valga la pena perseguir. Cómo la luz de la cocina llega distinta en septiembre que en agosto.

Lo único: quedaos ahí el rato suficiente como para que unas huellas dejen de ser solo huellas.

Manu

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